Madrid, teatro Gran Vía, 19:00 horas. El público (en su mayoría, de mediana edad) abarrota, expectante, las gradas del pequeño coliseo. sobre el escenario, únicamente un piano de cola, un atril, una silla giratoria y varios micrófonos de pie. Se apagan las luces, y el pianista ocupa su lugar.
Por el lado derecho del escenario desfila, altivo, un pequeño personaje, con traje negro, camisa blanca con los faldones por fuera y corbata con el nudo calculadamente aflojado. El personaje avanza hacia el frente del escenario, y recibe su primera ovación. Sonríe, con una mezcla de humildad fingida y perdonavidismo no menos ensayado. Comienza a cantar, "a capella", sin ayuda del micro, y se le escucha alto y claro hasta en el último rincón del recinto (creedme, yo ocupaba ese rincón). Nueva ovación del público, rendido ante tal demostración de chulería y/o potencia vocal. Damas y caballeros, Raphael ha entrado en el edificio.
Decir que te gusta Raphael normalmente acarrea no pocas burlas hacia tu persona. Es el equivalente a decir que crees que Mariano Ozores ha sido mejor director que Michael Cimino (pregunten a sus respectivos productores), o a afirmar que "La Gran Superproducción" de Jan es sin duda superior al "V de Vendetta" de Moore. El caso es que Si Rafael Martos (Linares, 1945) hubiera sido inglés (ya no digamos americano del norte), seríamos tan bobos de tenerlo en el mismo altar que a Frank Sinatra, Tom Jones, Van Morrison o (qué diablos) William Shatner. Pero no: la música de Raphael es una horterada.
Bien, pues hoy el hortera éste se ha marcado un conciertazo de 160 minutos de duración, acompañado tan sólo de un piano (y en bastantes momentos prescindiendo incluso del micro), en el que el exceso ha sido la consigna. Y no me refiero al exceso en escenografía o duración, sino a lo excesivo de su personaje, con todos sus tics, sus histrionismos, sus desplantes, sus caminatas por el escenario, sus éxtasis.
Y claro, el exceso que sigue siendo su voz, limitada ya por la edad pero personal e intensa como muy pocas en el mundo del showbiz actual. Cada pieza de su inacabable repertorio es una lección de interpretación musical y gestual, absolutamente irrepetible por nadie que no sea él (o Millán de Martes y 13, su mejor imitador). Al límite del ridículo en ocasiones, como los genios del escenario. Pero emocionando a todo el mundo con cada arranque, con cada mirada orgullosa, con cada desmayo. "Eres incomparable", decía alguien. "Eres Dios", decía otro. El ego de Raphael se alimenta de esto, de su público rendido a sus pies, adorándole.
En esta época que estamos viviendo de retorno al crooner por un lado (Bublé, Green, Wainwright) y de cantantes-fotocopia por otro (ponga aquí a su artista OT preferido), Raphael ha vuelto a poner en su sitio a todos ellos. Es más que una voz o una cara (los piropos le siguen lloviendo desde la grada, al igual que los claveles), es una fuerza formidable capaz de llevarse por delante cualquier intento de aproximación a su mito (su admirador Bunbury incluído).
Digan lo que digan los demás.