
15:25
No llego. Soy un caso. La entrevista más importante de mi vida, y no llego a tiempo. Mi colega me va a matar. Intento conseguir su número de móvil, y lo que consigo es averiguar por qué Mr. Tito no da nunca su número de teléfono: no usa de eso. Con el corazón a punto de salirse por la boca, recibo una llamada: "oye, que llego tarde". Siempre se me olvida en qué país vivo.
16:10
Ya estoy aquí. Quedan 50 minutos para que aparezca nuestro entrevistado, y Tito no ha aparecido. Me doy un garbeo por la cafetería elegida para el encuentro. Me pregunto si podremos pagar a plazos la cuenta. Hago inventario de trastos, y lo llevo todo. Todo menos esa piececita del trípode que sirve para enganchar la cámara. ¡Maldición! Corro al súper y compro cinta adhesiva. Me clavan. Supermercados Sánchez Romero: tenemos de todo, para quien pueda permitírselo.
16:20
Salgo a la puerta, y ahí está Tito, el cerebro de la operación. Me saluda amistosamente ("estás más gordo"), y nos dirigimos a la cafetería. Está llena de gente que puede permitirse comprar cinta adhesiva en el Sánchez Romero. Nos sentamos en una mesita que nos indica el maitre, pedimos dos cafés (sí, dos cafés, y nada más). Repasamos notas. Sopesamos la posibilidad de grabar en vídeo en tan sofisticado garito. No merece la pena correr el riesgo de ser echados a patadas delante de Don Mariano. De repente, Tito dice: "¡ya está aquí!". Es una broma, pienso, faltan aún casi 10 minutos. Vuelvo la cabeza a tiempo de ver a Mariano Ozores entrando en el exclusivo lugar, buscándome sin saber siquiera quién soy. Me adelanto, nos abalanzamos sobre él, estrechamos su mano, y nos sentamos para comenzar a hablar.
17:00
La conversación resulta ser un brillante monólogo de hora y media. Mariano ("ni de usted ni Don Mariano ni hostias") ignora nuestras titubeantes preguntas y nos cuenta cómo empezó y por qué hace comedia, su método de trabajo, su postura respecto a la opinión que crítica y público tienen de él, su visión del oficio de cineasta. Sus alegrías, sus hitos profesionales. Y también las espinitas que aunque no lo reconozca, algo tienen que doler. Nos cuenta sus pequeñas rutinas diarias, anécdotas de andar por casa. Como en los guiones que aún escribe, nos hace reir (y a veces hasta llorar de risa) al menos tres veces por página. Se le nota muy tranquilo, y con unas tablas y una sencillez apabullantes. Ah, y nos confiesa que lo pasa mal frente a las cámaras. Al final va a ser un acierto no filmarle.
18:30
La charla decae. Casi sin preguntarle, Mariano ha tocado todos los temas que teníamos previsto abordar. Él se disculpa por jodernos la entrevista, nosotros le damos las gracias por hacer él casi todo el trabajo. Le entregamos un listado del IMDB con todas sus películas, y nos confiesa agradecido que no sabía que constaban en ninguna parte. Supongo que es lo más parecido a un reconocimiento que ha tenido en algún tiempo, y me dan ganas de hacer una campaña de firmas para que le den una medalla al trabajo o un premio de esos que dan en los Goyas. Insiste en pagar los cafés, me da un bofetón en la mano con la que abro la cartera (¡no, hijo, no!), pero Tito se nos adelanta a ambos y carga con la hipoteca. Unas fotos, un par de anécdotas más, unas firmas, y la promesa de leernos cuando publiquemos esto. Tito y yo nos despedimos, sonriendo como bobos. Me quedo con una frase: "Visconti dijo que el cine era espectáculo, que el arte era algo más serio. Si lo llego a decir yo, me dan de hostias". Pues sí, Mariano, qué te voy a contar que tú no sepas.
La entrevista completa, próximamente en Muchocine.
No llego. Soy un caso. La entrevista más importante de mi vida, y no llego a tiempo. Mi colega me va a matar. Intento conseguir su número de móvil, y lo que consigo es averiguar por qué Mr. Tito no da nunca su número de teléfono: no usa de eso. Con el corazón a punto de salirse por la boca, recibo una llamada: "oye, que llego tarde". Siempre se me olvida en qué país vivo.
16:10
Ya estoy aquí. Quedan 50 minutos para que aparezca nuestro entrevistado, y Tito no ha aparecido. Me doy un garbeo por la cafetería elegida para el encuentro. Me pregunto si podremos pagar a plazos la cuenta. Hago inventario de trastos, y lo llevo todo. Todo menos esa piececita del trípode que sirve para enganchar la cámara. ¡Maldición! Corro al súper y compro cinta adhesiva. Me clavan. Supermercados Sánchez Romero: tenemos de todo, para quien pueda permitírselo.
16:20
Salgo a la puerta, y ahí está Tito, el cerebro de la operación. Me saluda amistosamente ("estás más gordo"), y nos dirigimos a la cafetería. Está llena de gente que puede permitirse comprar cinta adhesiva en el Sánchez Romero. Nos sentamos en una mesita que nos indica el maitre, pedimos dos cafés (sí, dos cafés, y nada más). Repasamos notas. Sopesamos la posibilidad de grabar en vídeo en tan sofisticado garito. No merece la pena correr el riesgo de ser echados a patadas delante de Don Mariano. De repente, Tito dice: "¡ya está aquí!". Es una broma, pienso, faltan aún casi 10 minutos. Vuelvo la cabeza a tiempo de ver a Mariano Ozores entrando en el exclusivo lugar, buscándome sin saber siquiera quién soy. Me adelanto, nos abalanzamos sobre él, estrechamos su mano, y nos sentamos para comenzar a hablar.
17:00
La conversación resulta ser un brillante monólogo de hora y media. Mariano ("ni de usted ni Don Mariano ni hostias") ignora nuestras titubeantes preguntas y nos cuenta cómo empezó y por qué hace comedia, su método de trabajo, su postura respecto a la opinión que crítica y público tienen de él, su visión del oficio de cineasta. Sus alegrías, sus hitos profesionales. Y también las espinitas que aunque no lo reconozca, algo tienen que doler. Nos cuenta sus pequeñas rutinas diarias, anécdotas de andar por casa. Como en los guiones que aún escribe, nos hace reir (y a veces hasta llorar de risa) al menos tres veces por página. Se le nota muy tranquilo, y con unas tablas y una sencillez apabullantes. Ah, y nos confiesa que lo pasa mal frente a las cámaras. Al final va a ser un acierto no filmarle.
18:30
La charla decae. Casi sin preguntarle, Mariano ha tocado todos los temas que teníamos previsto abordar. Él se disculpa por jodernos la entrevista, nosotros le damos las gracias por hacer él casi todo el trabajo. Le entregamos un listado del IMDB con todas sus películas, y nos confiesa agradecido que no sabía que constaban en ninguna parte. Supongo que es lo más parecido a un reconocimiento que ha tenido en algún tiempo, y me dan ganas de hacer una campaña de firmas para que le den una medalla al trabajo o un premio de esos que dan en los Goyas. Insiste en pagar los cafés, me da un bofetón en la mano con la que abro la cartera (¡no, hijo, no!), pero Tito se nos adelanta a ambos y carga con la hipoteca. Unas fotos, un par de anécdotas más, unas firmas, y la promesa de leernos cuando publiquemos esto. Tito y yo nos despedimos, sonriendo como bobos. Me quedo con una frase: "Visconti dijo que el cine era espectáculo, que el arte era algo más serio. Si lo llego a decir yo, me dan de hostias". Pues sí, Mariano, qué te voy a contar que tú no sepas.
La entrevista completa, próximamente en Muchocine.
